El necesario fortalecimiento del estudio de la Historia
El lunes, 7 de octubre de 2024, tuvo lugar en la Casa de América la última jornada del Encuentro de Academias Hispanoamericanas de la Historia, que, bajo el lema «Una historia compartida y sus Academias», reunió a los representantes de las Academias de la Historia de Argentina, Bolivia, Chile, Colombia, Costa Rica, Guatemala, México, Paraguay, Perú, Puerto Rico, República Dominicana, El Salvador, Uruguay y España. El encuentro buscaba compartir perspectivas desde las que abordar la realidad común de las naciones hispanoamericanas, estrechar los lazos entre ellas y generar espacios de colaboración a través de proyectos conjuntos.
Como colofón, los representantes de las academias participantes hicieron pública una Declaración final en la que lamentaban la falta de conocimientos históricos con que llegan a la universidad nuestros jóvenes y se comprometían a una cooperación institucional más intensa para favorecer el estudio de la Historia, «impulsando contenidos de base científica y teniendo como objetivo la mejora que en el conocimiento de la Historia han de experimentar las nuevas generaciones».
Desde el Ilustre Colegio de Doctores y Licenciados en Filosofía y Letras y en Ciencias de Madrid no podemos sino compartir el diagnóstico y la preocupación de las Academias por los efectos de tan evidente carencia sobre el progreso de nuestra sociedad. El estudio de la Historia no es mera erudición intrascendente, sin más valor formati- vo que el conocimiento mismo del pasado ni repercusión distinta del simple atesoramiento inútil de fechas y datos. Ningún fenómeno social puede comprenderse bien si se enhebra tan solo en el tejido del presente, olvidando que cada instante nace también preñado de la memoria de los múltiples pasados que en él confluyen. Habitamos no solo en el espacio, sino también en el tiempo. Pesan con fuerza sobre nosotros tanto las leyes de la naturaleza como las de la historia, que desconocemos aún en un grado muy superior a las primeras y aherrojan por ello de forma más contundente nuestros innatos designios de libertad.
Quizá fuera eso lo que pretendía decir en realidad José Ortega y Gasset cuando afirmaba que «el hombre no tiene naturaleza, lo que tiene es historia». Dejar de lado esta evidencia, anestesiando así la conciencia de nuestro pasado, puede en ocasiones servirnos de lenitivo a corto plazo, pero termina por convertirse, a la larga, en una nociva ponzoña. La célebre frase «Quien olvida su historia está condenado a repetirla», atribuida al filósofo español Jorge Ruiz de Santayana, pero en realidad acuñada en el siglo I a.C. por el jurista romano Marco Tulio Cicerón, que conmueve como una grave admonición las conciencias de los visitantes del antiguo campo de exterminio de Auschwitz, no por manida deja de ser tenebrosamente cierta. Sin embargo, aceptar con humildad las enseñanzas del pasado, convertir la historia en maestra de la vida, como predicaba el mismo Cicerón, exige, como condición imprescindible, asumir la importancia de ese conocimiento y asegurarle el lugar que merece en la formación de nuestros jóvenes. Nos va en ello la libertad, ese don precioso que, como escribió Manuel Azaña, no hace mejores a los hombres, los hace simplemente hombres.
