La pérdida de un símbolo, la permanencia de una obra: el Colegio ante el fin del pino de Fuentepiña.
El pasado 8 de enero, el paisaje de Moguer —y el de nuestro propio imaginario literario— sufrió una herida profunda. El emblemático pino de Fuentepiña, aquel que Juan Ramón Jiménez encumbró como el «Pino de la Corona», ha sido talado.
Para Juan Ramón, este árbol no era un simple elemento del paisaje; era su brújula. En Platero y yo, lo describía como un «faro rotundo y claro en los mares difíciles de mi sueño». Era su refugio de plenitud verde bajo el cielo azul, ese lugar donde el tiempo no pasaba. El poeta decía con ternura que, mientras él crecía y cambiaba, el pino era lo único que nunca dejaba de ser grande; al contrario, ante sus ojos, se hacía cada vez mayor.
Esa grandeza es la que hemos tenido la suerte de compartir desde nuestro Colegio. A través de la Universidad de Mayores, hemos mantenido una relación viva y emocionante con este entorno. No han sido pocas las veces que nos hemos reunido bajo su sombra para realizar actos literarios, sintiendo que, al leer a Juan Ramón bajo aquellas ramas, el reloj se detenía y el mundo se volvía un poco más hermoso.
El pasado curso fue un ejemplo inolvidable de ello. De la mano de «aprendices de especialistas» como Fernando Carratalá, Bibliotecario de la Junta de Gobierno del Colegio, nuestros alumnos supieron interpretar que Fuentepiña es mucho más que una casa de recreo; es la cuna de esa «poesía pura» que tanto buscaba Juan Ramón. Allí, entre amigos y lecturas, el pino era uno más de nosotros.
Fernando Carratalá junto a alumnos de la Universidad de Mayores durante una jornada de lectura de Juan Ramón Jiménez bajo el Pino de la Corona, en Fuentepiña (Moguer).
Juan Ramón escribió una vez algo que hoy suena casi profético: “Cuando le cortaron aquella rama que el huracán le tronchó, me pareció que me habían arrancado un miembro”. Hoy, esa sensación de pérdida es compartida por todos los que amamos su obra. Sin embargo, nos queda el consuelo de sus palabras: el Pino de la Corona ya está «transfigurado en no sé qué cuadro de eternidad, se me presenta, más rumoroso y más gigante aún, en la duda, llamándome a descansar a su paz, como el término verdadero y eterno de mi viaje por la vida».
La tala del pino es sólo un cambio de estado: ha pasado del paisaje a la memoria. Ya no hace falta mirar hacia el cielo para encontrarlo, porque Juan Ramón se encargó de que su imagen fuera eterna a través de sus versos. Nos queda el placer de redescubrirlo en cada página de Platero y yo y el orgullo de haberlo visitado y, sobre todo, compartido grandes momentos como Colegio.
«Donde quiera que paro, Platero, me parece que paro bajo el pino de la Corona.»
