CDL Madrid

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Entrevista a Luis Íñigo, inspector de Educación

“Suspender un examen puede ser una derrota pero también convertirse en una victoria”

Nuestro compañero Luis Íñigo acaba de publicar “Historia de los perdedores’, un libro en el que cobran protagonismo algunos personajes y pueblos que fueron devorados por el éxito de quienes ganaron en la batalla de la vida. Ellos también merecen tener espacio  en los libros de texto.

En su nuevo trabajo usted da voz a los perdedores. Es una apuesta valiente y a la vez muy sugerente. ¿Por qué ha apostado por ellos?

Mi enfoque de la Historia ha tratado siempre de prestar atención a las masas, a los humildes, sin dejar de lado a las élites, porque ambos son necesarios para componer una visión completa y equilibrada del pasado. Este libro no es sino la culminación de ese enfoque: dar voz a quienes se vieron privados de ella; no solo es necesario para comprender de verdad nuestra Historia, sino que es una obligación moral hacia las personas, gentes y pueblos cuyo paso por la tierra ha sido narrado por quienes los derrotaron, venciéndolos así dos veces: en la realidad y en el relato.

Desde los orígenes de la humanidad ha habido vencedores y vencidos. ¿A quien ha situado en cabecera de lista de estos últimos, los perdedores?

Al hombre de neandertal. Es el primer derrotado, porque sucumbió ante la naturaleza y se extinguió después de una larga lucha por la supervivencia, y fue luego tratado de forma muy injusta por los historiadores, que lo describieron primero como un salvaje, incapaz de albergar sentimientos humanos. Y cuando hubieron de aceptar que no era así, lo presentaron como una especie atávica, dominada por la tradición, que se extinguió porque no pudo competir con homo sapiens, nuestra especie, superior a ella y llamada desde el principio a heredar la tierra. Hoy sabemos que esto no es cierto.

 ¿Ha habido más mujeres que hombres perdedores?

Sin duda. Las mujeres han sido perdedoras, con toda seguridad, al menos desde la aparición de la guerra, una respuesta adaptativa de los grupos humanos del neolítico final a la escasez de recursos que dio ventaja competitiva a aquellos que disponían de soldados especializados. Después, los primeros textos de Occidente, el Pentateuco, La Íliada y La Odisea, ya colocan a la mujer en una posición subordinada al varón, y esa fue su situación hasta hace muy poco. Por pobre que haya sido un hombre, siempre ha tenido junto a él mujeres en posición subordinada que se definían socialmente por su relación con él: madres, hijas, hermanas, esposas…

¿Hay más perdedores pobres que perdedores ricos?

Desde luego. Las sociedades paleolíticas eran igualitarias, y también lo fueron durante mucho tiempo las neolíticas. El crecimiento demográfico y la lucha por los recursos trajo la desigualdad, que se agravó con la aparición del Estado. Desde entonces no ha vuelto a existir una sociedad igualitaria; tampoco la nuestra lo es, aunque el nivel de vida de los humildes en los países avanzados es en la actualidad muy superior al que disfrutaban las élites anteriores a la revolución industrial. Pero la riqueza sigue estando mal repartida.

¿Quiénes son en la actualidad los perdedores?

Hay muchos, y caminan entre nosotros. Son los perjudicados por la globalización, que está creando millones de empleos bien pagados en los países emergentes, como China y la India, a costa de destruirlos en los países avanzados o de precarizar la situación laboral y social de quienes los ocupaban. Son los empleados en tareas rutinarias, fáciles de sustituir por máquinas u ordenadores, quienes sufren las consecuencias de los enormes cambios que estamos experimentado. Los gobiernos deben ser conscientes de ello y adoptar medidas para paliar esa situación o, de lo contrario, muchas de estas personas se echarán en brazos del populismo.

Usted es docente y la escuela, en general, enseña a ganar, pero no a perder.

Hay que educar en el esfuerzo, sin duda, porque, aunque el ascensor social ya no funciona como antaño, sigue existiendo. Pero también hay que educar en la contingencia, en la existencia de esos factores condicionantes a los que nos referíamos antes y que la pandemia ha demostrado que siguen ahí y que son poderosos y poco previsibles.

El fracaso escolar sitúa a muchos estudiantes en la lista de los perdedores ante la sociedad. ¿Qué debe hacer el sistema educativo para ayudarles?

Ser consciente de que la educación no es un ente aislado que opera con independencia de la sociedad. Muchas de las razones del fracaso escolar son sociales y el sistema educativo por sí solo, a pesar de las políticas de compensación de las desigualdades, no puede revertirlas. Por desgracia, el Informe Coleman, del que ha pasado ya más de medio siglo, sigue teniendo razón: la escuela por sí sola representa muy poco en el éxito educativo frente al contexto familiar y social; por tanto, es sobre ellos sobre los que hay que incidir.

¿Suspender un examen es perder?

Sí, pero la derrota puede transformarse en victoria si extraemos de ella las enseñanzas que nos ayuden a mejorar. Evaluar con rigor las razones de nuestros fracasos es la mejor manera de convertirlos en éxitos futuros.

¿Y cómo es la Historia que se enseña en las aulas?

Seguimos manteniéndonos demasiado apegados al dato, de forma que los árboles de los hechos no nos dejan ver el bosque de los procesos, y así los alumnos no aprenden una historia útil para comprender el presente, la disciplina no servirá para lo que debe servir: formar ciudadanos críticos que sean capaces de desenmascarar el lenguaje de los políticos y sirvan de cimiento a una verdadera democracia.

No me resisto a preguntarle por los ganadores. ¿Quién cree que han sido los ganadores en la aventura de la humanidad? ¿Están hechos de una pasta especial?

No. Muchos de ellos lo han sido por azar o por nacimiento, en modo alguno por superioridad. Pero es cierto que algunos otros lo han sido por merecimiento. A veces, solo a veces, ganan los buenos.

*Luis Íñigo Fernández es inspector de Educación y autor de varios libros de Historia y Pedagogía. Colegiado número 33375

Aurora Campuzano